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martes, 28 de abril de 2020

L'Almoina de Valencia: Patrimonio e Historia de una ciudad



Resumen: Ante la necesidad de concienciar sobre lo importante que es mantener estudios vinculados al pasado y al patrimonio, realizamos una recomendación, para el interesado lector, de un museo arqueológico que representa a la perfección cómo es la evolución histórica de una ciudad.

Introducción

Fotografía panorámica de la Plaza de la Virgen de Valencia
            En la Plaza de la Virgen, una de las localizaciones más icónicas de la ciudad de Valencia, encontramos edificios emblemáticos de la antigua capital del Reino de Valencia, tales como la Basílica de la Virgen de los Desamparados, el Palacio de la Generalitat Valenciana, y la Fuente del Turia, donde una estatua de un hombre sosteniendo una cornucopia y rodeado de doncellas representa al río Turia y todos sus afluentes (dicen que el modelo fue un profesor de la Universidad de Valencia). En esa plaza, la Puerta de los Apóstoles congrega al Tribunal de las Aguas todos los jueves a las 12 desde hace más de mil años, siendo la institución jurídica vigente más antigua de Europa, y en esa misma plaza es donde termina la Ofrenda de Flores, una de las actividades más importantes de Las Fallas.
            Estamos hablando de una plaza cuya cultura e historia son de un valor incalculable, y es ampliamente visitada por turistas de todos lo rincones del mundo.
            Pero hoy no vamos a hablar de La Plaza de la Virgen, sino de un pequeño museo situado detrás de ella, en la plaza que recibe el nombre en honor al yacimiento histórico que hay. El Museo de L’Almoina, en el que se encuentra el mayor yacimiento arqueológico de la ciudad de Valencia, remontándose desde su fundación romana hasta el periodo musulmán y el del Reino de Valencia de Jaime I, realizando un recurrido de la historia de la urbe por más de 2000 años, en el que este lugar siempre se situó su centro político, religioso y cívico.

Plaza de la Almoina. Foto obtenida de Tourismvalencia.com

Historia de Valencia expuesta en L’Almoina

 
Recreación de la ciudad de Valentia Edetanorum (actual Valencia) en época romana

            La antigua ciudad de Valentia fue fundada en el año 138 a.C. por Décimo Junio Bruto al licenciar a sus tropas de las campañas lusitanas y concederles tierras en lo que actualmente se correspondería con el casco antiguo de la Ciudad de Valencia. Cerca del Cardus y el Decumanus Maximus (las dos calles principales de una ciudad romana) se ha encontrado un pozo de una profundidad de 3,29m en el que habían piezas cerámicas como ollas, cazuelas, morteros, vajilla de mesa y recipientes de muchos tipos. 

            Valentia fue destruida por Pompeyo en el 75 a.C. durante las guerras Sertorianas. La ciudad, destruida, fue abandonada, y en L’Almoina se ha corroborado esta destrucción bélica con el hallazgo de armas y 17 esqueletos de soldados ejecutados. 

            No obstante, hacia el final del reinado de Augusto se tienen signos de nueva presencia humana, y se sabe que fue refundada entre los años 5 a.C. y 5 d.C. con categoría jurídica de colonia romana. En esta etapa, se construirían todos los elementos propios del urbanismo romano, incluyendo el circo, pero también edificios conservados en L’Almoina como el foro, el ninfeo, la curia y la basílica. La construcción de la Via Augusta en el siglo I d.C. permitirá a Valentia una conexión con la propia ciudad de Roma, pues el cardo de la ciudad coincidía con ella. 


Recreación de Valentia en época visigoda


            Tras la caída del imperio romano en el siglo V d.C., los visigodos ocuparon la península ibérica y la ciudad de Valentia pasó a formar parte del reino visigodo de Toledo. En esta época, l’Almoina sigue siendo la zona principal de la ciudad, pero el antiguo foro y su entorno han sido convertidos en el conjunto episcopal, en el que predomina una gran catedral rodeada de cementerios, iglesias, palacios y demás edificios romanos que aún se mantienen en pie. En la actual Almoina quedan los restos de baptisterio de mediados del siglo VI, conocidos como “cárcel de San Vicente”. Se cree que este baptisterio presentaba una planta cruciforme, y fue construido con muros de sillares romanos. Hay que tener en cuenta que a principio del siglo IV el diácono Vicente fue martirizado en Valencia. Sobre los escombros de la cárcel de San Vicente, donde se supone que sufrió su martirio, se levantó un ábside con forma de herradura, único vestigio del edificio.  

            De todas maneras, y aun sobreviviendo como centro urbano por ser sede episcopal, se tiene constancia de que la ciudad estaba despoblada y casi vacía. Será en el periodo musulmán cuando Valentia, ahora en esta época llamada Balansiya (nombre que llevará también la taifa homónima) o Madinat al-Turab ("Ciudad del Polvo"), una renovación urbanística. Encontramos evidencia de esto en la ocupación de una parte de la muralla islámica, perteneciente al alcázar del siglo XI.

            Ya sería durante el periodo del Reino de Valencia cuando el lugar recibiría el nombre de l’Almoina. Será en el año 1303 cuando el obispo Ramón Despont funde l’Almoina de la catedral de Valencia, la cual era una institución benéfica dedicada a la limosna y a la manutención de personas sin recursos. A lo largo de toda su historia, el edificio fue variando en sus funciones destinándose una de sus salas como escuela de gramática y teología a partir del siglo XIV o bien como cárcel para refugiados acogidos a la inmunidad eclesiástica entre los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, el edificio fue derribado en el siglo XIX.



Descubrimiento de L’Almoina y creación del Museo

Fotografía aérea realizada durante una rehabilitación del yacimiento arqueológico de L'Almoina (2003)

            En 1985, la Basílica de Valencia compró unos terrenos que más tarde serían conocidos como la Plaza de L’Almoina. En un principio, estarían destinados a un proyecto de ampliación de las propiedades de la iglesia presentes en la zona, pero se anuló el proyecto al encontrarse en las excavaciones los restos de lo que fue la ciudad romana de Valentia, el origen de la ciudad de Valencia, tanto en época republicana como en época imperial. El ayuntamiento de Valencia compraría el terreno y realizaría las necesarias intervenciones arqueológicas, inaugurándose en 2007 el Museo Arqueológico de L’Almoina, ofreciendo a todos los visitantes del museo el acceso al complejo arqueológico.


¿Qué podemos encontrar?

            Este subsuelo arqueológico ocupa una superficie de 2.500 metros cuadrados y conserva restos arqueológicos que muestran la evolución de la ciudad desde el siglo II a.C., de época romana, hasta el siglo XIV, ya de época medieval, pasando por el periodo musulmán de Balansiya y la Valentia visigoda.


Maqueta en bronce del yacimiento arqueológico

            El centro arqueológico está dotado en cada uno de los yacimientos arqueológicos expuestos una perfecta explicación cronológica y descriptiva de éstos en paneles de fondo negro y letras blancas, haciendo la lectura más cómoda para los alumnos. Además, al lado de estos paneles están colocadas pequeñas maquetas de las respectivas construcciones, claramente adaptadas a las personas con discapacidad visual, dado que están acompañadas del nombre del hallazgo arqueológico en braille.
            Dentro de L’Almoina, pueden encontrarse muestras de la cultura romana tales como unas termas, un ninfeo, fragmentos del cruce entre el Cardus y Decumanus Maximus, una necrópolis, un Horreum, restos del foro de la antigua Valentia con la correspondiente maqueta del mismo, un arco de la entrada al foro, la curia, y una factoría de época imperial, y una sección dividida en dos partes de la cerámica encontrada
            Al entrar en el centro arqueológico el visitante podrá observar la maqueta completa del subsuelo arqueológico que van a visitar. La vista empieza bajando a la planta baja para luego subir a la planta superior.


Fotografía de las 3 zonas (Frigidarium, Tepidarium y Caldarium) de las Termas romanas de L'Almoina

            Al bajar las escaleras los visitantes podrán ver las tinajas a su izquierda, para luego avanzar y encontrarse el primer edificio, unas termas datas de la época republicana. Tras las termas, avanzamos hacia lo que en época romana era la salida de la ciudad de camino hacia el circo, y podrán ver el ninfeo, edificio funcionaba como una fuente monumental en la época romana. Después llegarán al cruce del Cardus y el Decumanus maximus, y luego pasarán a ver las necrópolis romanas y la escultura del león postrado, al lado de un altar funerario.

Recreación en bronce del Forum romano y del Horreum allí situado 
            Luego pasarán a ver la maqueta del foro y de Horreum, y acto seguido pasarán a ver los restos propios del foro. Después verán los restos de una entrada al foro, formada por dos columnas y el arquitrabe, formándose así como un arco arquitrabado. Así mismo, también puede verse una maqueta del foro de época imperial y la curia en el que se reunía el senado de la ciudad de Valentia, para luego visitar la sección en la que podrán ver los restos de la basílica. Ya antes de subir se verían las factorías de época imperial, habiendo pasado el ábside de la iglesia de periodo visigodo.

            Tras terminar con el piso de abajo, los visitantes podrán acceder al piso superior, y verán un vídeo sobre la historia y la evolución del centro arqueológico, desde la fundación de Valentia, pasando por el propio descubrimiento de los restos arqueológicos. Después, ya para finalizar, observarán la cerámica tanto del periodo romano como el islámico para observar los restos materiales de estos periodos.


Conclusiones

            L’Almoina supone para aquel que la visita una experiencia única, sin importar si el visitante es un estudioso de la historia, un recién iniciado en ella o un alumno de secundaria que todavía está aprendiendo. Una de sus características más destacables es que es un museo perfecto para una primera toma de contacto con el apasionante mundo de la arqueología y de la historia, dado su alto valor pedagógico.

            A este valor pedagógico se suma también que la visita y el estudio de L’Almoina nos puede inculcar tanto a nosotros como a los más jóvenes el respeto al pasado y a la multiculturalidad, dado que el estudiando el pasado de la ciudad de Valencia nos permite hacernos conscientes de que una población, una ciudad, una sociedad, no es algo monolítico y fijo, sino que es el resultado de una amalgama de las culturas y personas que la precedieron. Ello nos ayuda a poder estudiar y comprender culturas diferentes y distantes a la nuestra en tiempo o en espacio

            Pero otro elemento que debemos de reconocerle al centro arqueológico de L’Almoina es el cómo refleja el cambio y la continuidad de la ciudad de Valencia.

            El centro es en sí mismo muy pequeño, y no alcanza en magnitud y popularidad a otros monumentos o enclaves históricos, como pueden ser un anfiteatro o una catedral. 

            Sin embargo, destaca en el hecho de que es prueba física de la evolución de una ciudad a lo largo de los siglos, y cómo ésta, a pesar de todos sus cambios y eventos, perfectamente reflejados en L’Almoina, ha mantenido su importancia y estatus como urbe habitable, adaptándose a las necesidades e inquietudes de las personas que habitaron en ella.

            Si viéramos una ciudad como si fuera un árbol, nosotros estaríamos habitando las zonas equivalentes a la copa y el tronco, siendo las raíces los enclaves arqueológicos que antaño fueran la urbe cuando apenas era un brote. Raíces que, por desgracia, no siempre están disponibles para su estudio y disfrute por aquellos que actualmente nos movemos y conocemos el tronco y el árbol.
            
             Así pues, gracias a L’Almoina podemos visitar, y al mismo admirar, las bellas y antiguas raíces de ese hermoso naranjo que es la Ciudad de Valencia.

Fdd. Bernat Sunday


Bibliografía y consultas web

- Díez Arnal, J. (2008). Centro Arqueológico de la Almoina - Plaza de la Almoina . Nov. 14, 2018, de Centro Arqueológico de La Almoina, Sitio web: http://www.jdiezarnal.com/valencialaalmoina.html.

- Escrivà Chover, Mª Isabel (2010). Guia del Centre Arqueològic de l'Almoina. València: Ajuntament de València, Delegació de Cultura. Centre Arqueològic de l'Almoina (València).

- Marín Jordà, Carmen (1999). L'Almoina : de la fundació de València als orígens del cristianisme . València : Ajuntament de València.

- Redal E. Juan (Dir), (2007). La forma de vida de los romanos. En Geografía e Historia, 1º de la ESO Comunidad Valenciana (Pp. 236-247). Madrid: Ediciones Voramar Santillana, proyecto Casa del Saber.
- Ribera i Lacomba, Albert; Rosselló Mesquida, Miguel (1999). L'Almoina : el nacimiento de la Valentia Cristiana. València : Ajuntament de València. Quaderns de difusió arqueològica ; 5.

sábado, 14 de marzo de 2020

Los esclavos medievales: ganado con rostro humano

Introducción

Uno de los legados que enlaza la Antigüedad con la Edad Media es la esclavitud. La utilización de la mano de obra esclava aparecía como derecho natural, impuesto a los hombres por la estructura económica. La ausencia de un equipamiento técnico suficiente, el rigor de las obligaciones agrarias en una región mediterránea poco favorecida por sus condiciones naturales, un desarrollo urbano que reclamaba una gran masa de trabajadores poco cualificados, una estructura militar vigorosa que permitía las razias para abastecerse continuamente de rehenes de guerra, fueron las bases inevitables para este sistema.
Esclavos cortando marmol. Miniatura del De universo de Rabano Mauro (s. XI). Montecasino, archivo de la Abadía.

Hemos hablado de la herencia de la Antigüedad, y seguramente pensemos en griegos y romanos, o quizás nos abstraigamos a Oriente en este maremágnum de neuronas efervescentes que llamamos pensamiento, pero, la sociedad germánica también tenía este rasgo social, aunque en menor grado. Esto explicaría como, una vez instalados dentro del Imperio Romano, aceptaron una situación que ya les era familiar.

Los primeros siglos del Medievo nos ofrecen una imagen de la esclavitud persistente. No solo las masas de esclavos de los grandes latifundios ibéricos o italianos quedaron indemnes, sino que también las desgracias climáticas compensaron sin duda el parón de las guerras de conquista y las fructíferas razias. De hecho, la explotación de la gran propiedad implicaba el concurso de una fuerza de trabajo cuantiosa y fuertemente dependiente, sobre todo en la reserva (esa estructura típica de la curtis carolingia), en la parte del latifundio explotada directamente por el propietario gracias al trabajo de esclavos, los llamados servi o mancipia.
Escena con un esclavo lavándole los pies a su dueña. Miniatura del Tacuinum Sanitatis. Viena, Biblioteca Nacional de Austria.

Además, hay un gran contraste entre la presencia de esclavos domésticos en el interior de una casa aristocrática que nunca supone un problema, y la esclavitud comercial de corte clásico. En esta última forma el esclavo es utilizado en la producción como si se tratase de una herramienta y en el intercambio como una mercancía: es lícito traficar con él y explotarlo como mano de obra. De este modo, tampoco debemos olvidar la existencia de esclavos de tráfico mercantil. Pero, no son utilizados en el marco de una economía agraria y no constituyen la esencia de la mano de obra.
"Rogamos a nuestro señor Dios y al señor abad Hugo del dominio de Berzé con los siervos y siervas que viven en este patrimonio, sean libres o sean siervos. . ." (Una muestra de la dificultad que supone la terminología y sus implicaciones. Abadía de Cluny, 1062)

Desentrañando la figura del esclavo

¿Qué es un esclavo? Un esclavo es un hombre o mujer que a la vez es una mercancía, una herramienta o ganado. Su fuerza y energía se utilizan para actividades mecánicas, como pudiera ser accionar las muelas manuales para moler el cereal, o para cultivar la tierra. Los esclavos ocupan diversas funciones en el ámbito productivo. Hay esclavos domésticos dedicados al mantenimiento de la casa de su amo. Otros son destinados a la producción propiamente dicha. Pueden trabajar en grupo, bajo la dirección de un jefe, también esclavo. En el siglo IX, la mayor parte de los siervos son casati, no porque estuvieran casados (en el sentido actual), sino porque estaban instalados en tenencias.
Siervos trabajando su pequeña parcela de tierra.

Esclavo se nace: los hijos de una mujer no libre quedan automáticamente incorporados al estatuto de su madre. Aunque no obstante, los matrimonios mixtos eran frecuentes. Es un mecanismo que no podemos despreciar a la hora de cambiar de estatus social. Pero, en la mayoría de los casos, los propietarios procuraran que se mantenga la “subyugación hereditaria”, es decir, que el esclavo cambie de manos como un bien inmueble.

"Eginardo a su muy querida hermana, salvación eterna en el Señor.
Tu esclavo, de Makesbah, de nombre Wenilon, contrajo matrimonio con una mujer libre. Y temiendo ahora vuestra cólera, y la de su señor Albuino, se refugió en la iglesia de los santos Marcelino y Pedro. Por eso, solicito de vuestra caridad a fin de que os digneis a interceder en mi nombre delante de Albuino para que le sea permitido a este esclavo, con el consentimiento de Albuino y vuestro, retener a la mujer que ha tomado (por esposa). Deseo que disfruteis, como siempre, de buena salud"
(Cartas de Eginardo, 828-836)

A parte de los posibles malos tratos, el esclavo permanecía al margen de la humanidad, estaba socialmente muerto, no podía poseer nada como propio, ni bienes ni hijos. También le estaba vetada la institución matrimonial porque implica la estabilidad, fija una filiación y regula los problemas de propiedad. Aun así, desde el siglo IV, el esclavo tenía acceso a un tipo de matrimonio que suponía el reconocimiento de su familia y la estabilidad de su grupo doméstico, acceso a un peculio y en cierta medida puede acceder a la tierra, bajo una modalidad controlada. Ahora bien, ni tenían acceso a la justicia pública ni gozaban de ningún derecho político, ni tampoco podían acceder al sacerdocio.

"Según los decretos de los santos padres, hemos decidido que un cura no puede permitirse ordenar a un esclavo antes de que haya sido dado en completa libertad, para que una persona vil no pueda cumplir una función sacerdotal." (Fragmento del Concilio de Triburia, 895)
La actitud de la Iglesia frente al problema moral y económico de la esclavitud fue de inhibición cuando no de complacencia. Es cierto que los sacerdotes reprobaban el comercio, y censuraban la servidumbre de un hombre por su prójimo, que es su hermano a los ojos de Dios. Pero no eran más que voces piadosas, tímidas proclamas sin convencimiento, ya que denunciar la desaparición de este elemento fundamental, que sustentaba la pirámide social desde sus bases, hubiera supuesto un altibajo al principio de autoridad y jerarquía, de la que la Iglesia era su mayor garante. Así, pues, había que representar la esclavitud como un castigo y, como san Pablo, predicar la resignación y la esperanza a los desfavorecidos: claramente, un esclavo no podía ser capellán. Los clérigos suavizaron como pudieron las miserias de la servidumbre, pero nunca se opusieron con contundencia. Para san Agustín la esclavitud es justa: es la sanción de los pecados y, más exactamente, del pecado original. Está justificada y es normal que dicha sanción afecta algunos y no a todos. Isidoro de Sevilla, por su parte, ya observaba una depravación inherente en el esclavo, como que eran personas que por su naturaleza se lo merecían.

Con todo, aunque la esclavitud se vio revitalizada entre los siglos V y VII, el número de esclavos ya no era tan grande como lo fue en siglos anteriores. En el descenso del volumen de esclavos se combinan dos factores: uno militar, al rebajarse el aprovisionamiento de prisioneros de guerra dada la estabilidad de las monarquías germánicas; otro económico, derivado de la baja rentabilidad de la esclavitud en el contexto de un nuevo período.

El derecho de guerra, efectivamente, convertía a cualquier cautivo, hasta incluso de alto rango, en un esclavo. Pero, con el advenimiento de los carolingios cesan las guerras locales y se interrumpe una parte del flujo de prisioneros o, puede ser, que cambiase su naturaleza. La deportación masiva de sajones forma parte de este flujo y constituye, hasta incluso, el principal motivo. Como Occidente está a la defensiva a partir del reinado de Luis el Piadoso, ya no es posible alimentar regularmente el stock de esclavos a través de nuevas conquistas.
Las rutas esclavistas entre los siglos VIII y XI.

A medida que se iba debilitando el comercio, este “ganado servil” comenzó a perder interés. Esta debilidad se frenó un poco entre los siglos V y VI. El comercio prosiguió y, hasta incluso, tuvo cierto auge en el siglo IX, a partir de las incursiones carolingias en Bohemia y la zona del Elba, donde fueron capturados algunos “eslavos”, el nombre que luego se extrapola a todo aquel sujeto a esta condición infame, y otro cuando las incursiones vikingas llenaron los mercados de prisioneros irlandeses, flamencos y polacos. Por otro lado, hay un tráfico interno provocado por la miseria: un padre, por ejemplo, puede vender a sus hijos para poder comer. Tengamos en cuenta que tampoco estaba prohibido venderse o “darse” uno mismo. De hecho, existen condenas judiciales que acababan con la pérdida de la libertad.

"Yo, Bereterio, me pongo la cuerda en el cuello y me entrego a las manos y al poder de Alerio y su mujer Ermengarta para que, desde este dia, haga de mi persona y de mi descendencia lo que le plazca, como también vuestros herederos, con poder de retenerme, venderme, donarme o emanciparme, y a fin de que, si un día decidiera librarme de vuestro servicio, vos o vuestros enviados, puedan detenerme como harían con uno de vuestros esclavos de origen." (Abadía de Cluny, 887)


No obstante, la reculada de la esclavitud tiene más que ver con su función económica que no con las eventualidades de su adquisición. Al fin y al cabo, mantener grandes efectivos de esclavos era caro (había que alimentarlos; y un esclavo infante, enfermo o cansado era inútil a la vez que costoso), y solo generaban beneficios en una economía de intercambios, comercial, dinámica. Pero, en la medida en la cual, a partir del siglo V, la economía de mercado perdía importancia a favor del autoconsumo. Además, el hombre y la mujer esclavizados producían poco y trabajaban mal. Cuando el esclavo, que vivía en casa de su amo, no podía ser reemplazado con facilidad, la solución para que trabajase más, comiese mejor y se alimentase a sí mismo y a sus hijos era darle un pedazo de tierra a cambio de una renta. Los esclavos liberados, dotados de una explotación, se llamaban servi casati (ahora sí, un término en su doble perspectiva de casado, de fundar una familia, y de tener una casa propia).

Conclusión

En efecto, entre los siglos VIII y IX se empieza a atisbar una formación progresiva en Occidente de una  nueva categoría, que no se puede asimilar del todo con la esclavitud antigua. Ni las cargas individuales, ni el estatuto moral o jurídico, ni la parte numérica de este grupo social en la población no coinciden con la esclavitud romana.

Para explicar la aparición de los siervos, se ha querido argumentar una gran cantidad de factores: una necesidad de protección, que aumenta por las dificultades económicas o por el peligro, lleva a la servidumbre a todos aquellos que no cuentan con recursos, los débiles, los arruinados, las viudas. Será este sentimiento generalizado de búsqueda de seguridad lo que conduzca, sin lugar a duda, a muchos campesinos libres, convertidos en propietarios o colonos, a aceptar las más pesadas cargas agrarias a cambio de la estabilidad en su propiedad hereditaria.
Representación de unos siervos de la gleba (s. XIV) segando el trigo mientras reciben instrucciones.

El grupo que probablemente aportó un contingente mayor a las filas de estos nuevos siervos fue, como hemos señalado antes, el de los colonos, debido a la degradación originaria de su estatus. Muchas veces bastaba con que un hombre libre se instalase en una propiedad considerada servil para caer en servidumbre.

En el siglo IX, el siervo no tiene un estatus humillante hasta el punto de impedirle el acceso a la posesión de la tierra que trabaja y de la cual puede disponer, es decir, puede comprarla y venderla. Las transacciones que los siervos realizaron entre ellos tenían que ser confirmadas por el propietario. La transferencia de la tierra de un grupo de siervos a otro solo tenía efecto y validez si la tierra se consideraba como perteneciente a un propietario, en el sentido que pase de manos de un propietario a otro. Aunque el siervo era el propietario nominal o teórico del bien territorial, no ejercía el derecho práctico.

No obstante, los esclavos continuaron siendo un sector básico de la economía agraria de la Alta Edad Media. Pero, lo que cabe remarcar, como conclusión, es que las diferencias jurídicas entre hombres y esclavos ya no van a ser decisivas como lo fueron en época romana.

Fdd. Remus Okami

Bibliografía


- BONASSIE, P.: Del esclavismo al feudalismo en la Europa occidental. Ed. Crítica. Barcelona. 1993
- HEERS, J.: Esclavos y sirvientes en las sociedades mediterráneas durante la Edad Media. Ed. Alfons el Magnánim. Valencia. 1989
- PHILIPS, W. D. jr.: La esclavitud desde la época romana hasta los inicios del comercio transatlántico. Madrid: Siglo XXI. 1989
- HERNANDO, J.: Els esclaus islàmics a Barcelona: blancs, negres, llors i turcs. De l'esclavitud a la llibertat (segle XIV). CSIC. Barcelona. 2003

sábado, 15 de febrero de 2020

¿Hacemos el medievo? El feudalismo

Introducción


Tras la caída del Imperio Carolingio, asistimos poco a poco a la consolidación de las aristocracias locales. Tradicionalmente, se ha dado como punto de partida del feudalismo el año 877 d.C., año en el cual se realiza el capitular de Quierzy, puesto que es en este documento en el cual se instaurará la herencia de los honores otorgados por la corona.

Estas aristocracias locales que surgen de la fragmentación del poder territorial se organizan bajo distintos nombres, cada uno de ellos con una consideración distinta. En el occidente europeo, van a ser comunes los reinos, condados, principados, castellanías, etc. Básicamente, la diferencia entre estos poderes de facto va a estar en quién gobierna bajo este sistema: si es un rey, será un reino; si es un condado, esto quiere decir que hay un conde actuando normalmente bajo representación de un rey o emperador; el polémico término de principado no tiene que ver con la existencia de un príncipe como lo vemos actualmente, sino con un princeps (término de clara herencia romana), que va a ser básicamente un primus inter pares, es decir, el primero entre iguales, un noble destacado entre los suyos; así pues, las castellanías se deben a la existencia de un castellano, o lo que es lo mismo, un noble que habita en un castillo.

Todo lo que van a tener en común todas estas instituciones tan distintas es la pertenencia a un castillo, lo que se traduce a su vez en la existencia de bandas armadas que habitan el castillo y un distrito castral (campamento militar) para guarnecer y adiestrarse las tropas que van a defender el castillo. El propósito que va a mover a todos estos poderes fácticos va a ser la privatización del privilegio del ban.

Nada descabellada sería la duda al respecto de qué es este llamado poder o privilegio de ban. Este término cuyo origen sea germano hacía en origen referencia a aquellas personas que ejercían el poder militar a titularidad privada, siempre claro, dentro de un territorio bien delimitado. Continuando con el asunto del poder que ejercían las aristocracias locales desde sus castillos, podemos entender que el auge de estas instituciones locales con poder militar responde a la necesidad de someter a las comunidades campesinas.

En este discurso parece ser que nos hemos olvidado (aunque no sea así) de otro tipo de aristocracia local: la Iglesia. Y es que "con la Iglesia hemos topado" (como diría el ingenioso hidalgo Don Quijote), ya que esta institución tras la caída del principal poder que la sustentaba en occidente, va a intentar sobrevivir como pueda mediante usurpaciones de propiedades (un ejemplo a recordar serían las Donaciones de Constantino a la Iglesia, que luego, en el Renacimiento, Lorenzo Valla hallará su falsedad en la mayoría de estas), la creación de iglesias propias (entendámoslo como distintas órdenes monásticas que de manera individual subsisten bajo una norma común) o la desarticulación jerárquica (como consecuencia de todo lo anteriormente expuesto).
Ilustración que representa a Juan II nombrando a sus caballeros (ss. XIV-XV d.C.)

En términos sencillos, y recapitulando lo ya expuesto, el sometimiento de las comunidades campesinas al poder de los castillos sumado a la privatización del poder de ban y la actuación de la Iglesia, va a articular el conocido como proceso de feudalización. La feudalización va a hacer que empecemos a hablar en términos de señorío banal, señorío jurisdiccional, articulará el sistema de parroquias, y creará la dicotomía guerrero-campesino, entre otros conceptos.

Pacto feudovasallático


Ahora bien, ¿en qué se basa este sistema feudal? La base del sistema feudal, a través del cual se va a entretejer una compleja red que conecta aspectos políticos, sociales, económicos, culturales e intelectuales, va a ser el contrato feudovasallático, el cual se llevará a cabo entre un señor y su vasallo.

Dicho pacto feudovasallático se va articular de manera contractual mediante una serie de ceremonias que van a sellar esta unión. De este modo, el vasallo deberá rendirle homenaje a su señor, mientras que el señor realizará la investidura. En este momento, debemos de entender que tanto el señor como el vasallo son dos personas en igualdad de condición social que se comprometen mutuamente a una serie de vínculos para controlar el territorio.
Representación de la inmixtio manum del Liber Feudorum Maior, escrito por Ramón de Caldes

Por un lado, el vasallo mediante el homenaje va a llevar a cabo toda una serie de rituales que lo vincularán con su señor. El protegido de este señor, el vasallo, le promete a su señor obediencia, fidelidad y servicio mediante los rituales de la sumisión (hincar la rodilla), la inmixtio manum (o imposición de manos, es decir, el señor coge las manos del vasallo en señal de protección), un juramento de fidelidad (que cambiará dependiendo del caso) y, finalmente, el osculum pacis (o beso de la paz). Dichos rituales de homenaje traen consigo dos obligaciones que han de cumplir hacia su señor: auxilium (proporcionar ayuda militar) y consilium (dar consejo cuando su señor lo necesite). De este modo, el señor va a conformar la llamada hueste feudal (su ejército personal).
Representación de una hueste feudal en una edición medieval del Cantar del mio Cid

Por otro lado, el señor realiza el ritual de la entrega de un objeto simbólico (a todos nos suena el ritual de la espada sobre el hombro pero este será uno de tantos ejemplos) y tendrá unas obligaciones que cumplir con su vasallo, es decir, darle protección militar y una manutención con la que pueda sobrevivir. De este modo, el pacto feudovasallático se articulará con la entrega de un feudo, un territorio que servirá como manutención para su vasallo.

El Feudo

Recreación de la organización de un feudo

El feudo se va a convertir en una estructura que va a articular los aspectos de la vida diaria de todos los habitantes del mismo. Podríamos desglosar la importancia del feudo en 5 aspectos básicos: el señorío, la propiedad compartida, un linaje (nobleza), la jerarquía vasallática y la ideología feudal.

En primer lugar, el señorío es un aspecto complejo por sus dos vertientes: la humana y la física. La parte más humana del señorío hace referencia a las personas que en él viven su día a día, mientras que la parte física hace referencia a la tierra, al territorio. No obstante, estos dos aspectos engloban a su vez dos conceptos importantes:
  • Señorío territorial: institución que nace en época carolingia y hace referencia a la relación con la tierra. Este tipo de señorío sería el que más podemos relacionar con el feudo, es decir, el territorio. Sin embargo, para la historiografía, es muy difícil diferenciar el señorío territorial del señorío jurisdiccional y hasta donde se separan ambos conceptos.
  • Señorío banal: institución que surge en la Edad Media en el reino franco que con un carácter político-territorial administra el poder de mano. Representa la capacidad del señor a la hora de aplicar el poder sobre su territorio, y suele conocerse como un precedente del concepto de soberanía territorial en los Estados-Nación.
El segundo aspecto que articula el feudo es la propiedad compartida. Es decir, tanto el señor como su vasallo comparten la titularidad del señorío, pero cada uno obtiene del pacto feudal un aspecto distinto de la propiedad. El señor va a mantener el dominio eminente, lo que quiere decir que mantendrá la titularidad y el poder sobre esa propiedad, pero el vasallo tendrá la capacidad de explotar las tierras para su manutención y beneficio propio, como venía estipulado en el contrato de ambos, lo que se conoce como dominio útil o usufructo.

Indispensable es la siguiente faceta que articula el feudo. Para poder hablar de un feudo, ya hemos comentado que debe de haber un pacto entre dos nobles (contrato feudovasallático), y el noble vasallo va a ser quien tenga el dominio útil sobre dicho feudo. De esta manera, el feudo viene ligado por el linaje. La existencia de un linaje, es decir, de una familia nobiliaria, quiere decir que existe un vínculo hereditario por el cual se transmite el linaje, así como una concepción patrimonial de la familia. Así pues, el linaje va a ser la manera que van a tener las familias nobles de vincularse con feudo, y para ello, van a recurrir a toda una serie de señas que los identifiquen; pueden ser simbólicas, como sería el caso de los escudos heráldicos (que se remontan al siglo XI d.C.), o genealógicas, en base a la patronimia (así forjan un nombre en base al antepasado que crea el linaje familiar; por ejemplo, de Bermudo, los Bermudez, de Rodrigo, Rodriguez, etc.), una práctica que también será común en tierras musulmanas durante la Edad Media.
Hueste medieval portando sus heráldicas. Códex Manesse (1305-1340)

Directamente relacionado con el linaje encontramos las jerarquías vasalláticas. En los feudos, se va a tener que establecer una especie de "subcontratación" feudal para establecer el orden en el territorio. A través de estas jerarquías vasalláticas, se establecerán redes políticas y un estamento de caballería. Ambos aspectos acabarán conformando las huestes feudales, es decir, las huestes que lucharán por defender el feudo, y las cortes que darán consejo al señor feudal, que como ya sabemos tiene responsabilidades similares con el señor que le otorgó dicho feudo.

Por último, no podemos olvidarnos del mecanismo más importante para cohesionar esta sociedad, el establecimiento de una ideología feudal. Esta ideología, de base claramente teológica, pretendía articular la jerarquía social. A través de la denominada Teoría de los Tres Órdenes formulada por Adalberón de Laon en el año 998 (y estudiada por George Duby), la sociedad quedaría dividida en 3 escalafones de acuerdo con la función que desempeñasen: 

“El orden eclesiástico no compone sino un solo cuerpo. En cambio la sociedad está dividida en tres ordenes. Aparte del ya citado, la ley reconoce otras dos condiciones: el noble y el siervo, que no se rigen por la misma ley. Los nobles son los guerreros, los protectores de las iglesias. Defienden a todo el pueblo, a los grandes lo mismo que a los pequeños y al mismo tiempo se protegen a ellos mismos. La otra clase es la de los siervos. Esta raza de desgraciados no posee nada sin sufrimiento. Provisiones y vestidos son suministrados a todos por ellos, pues los hombres libres no pueden valerse sin ellos. Así pues, la ciudad de Dios, que es tenida como una, en realidad es triple. Unos rezan, otros luchan y otros trabajan. Los tres ordenes viven juntos y no sufrirían una separación. Los servicios de cada uno de estos ordenes permiten los trabajos de los otros dos. Y cada uno a su vez presta apoyo a los demás. Mientras esta ley ha estado en vigor el mundo ha estado en paz”. De Adalberón de Laon en Carmen ad Robertum regnem francorum (998 d.C.).


 De esta manera, esta sociedad con carácter sacro ideada por los monjes (pero puede que sin mucha incidencia en el ideario colectivo más allá de los momentos donde esta ideología sirviera a un propósito, como durante las Cruzadas) se dividía en bellatores (los que hacen la guerra, los señores guerreros), los oratores (los que rezan, el clero) y los laboratores (los que trabajan la tierra, los campesinos).

Conclusión

Fragmento del Tapiz de Bayeux (1082-1096 d.C.)

Por último, hay que recordar que el origen del feudalismo lo podemos encontrar en 3 pilares básicos: en primer lugar, la dificultad que había en las antiguas ciudades para el comercio debido a las inexistentes vías de comunicación terrestre y la peligrosidad de las existentes, lo que condujo a que la gente de la Alta Edad Media le diese mucha importancia a la agricultura, pero también a que no pudiera haber un sistema de comercio enfocado al exterior, y se dedicasen puramente a una economía de subsistencia.

En segundo lugar, la inseguridad en las fronteras (provocada por las invasiones de distintos grupos migratorios: musulmanes, húngaros y vikingos) llevó a una crisis urbana que se materializó en una incipiente ruralización, es decir, un éxodo de población que partía desde las ciudades a las zonas rurales, en concreto, a los feudos en busca de la protección que proporcionaba un señor con su castillo.

En tercer lugar,  inseguridad fronteriza va a producir un sentimiento de terror y, en general, la necesidad de protección de las gentes indefensas, como serían los campesinos, puesto que no tienen armas ni medios para defenderse, desencadenaría que los reyes cediesen el usufructo y gestión de sus tierras a nobles para que se encargasen de la protección de los dichos territorios que conformarían su feudo.

Un saludo, clionautas.
Fdd. Remus Okami

Bibliografía


  • ARROYO,Francisco; Feudalismo y señorío en Europa. Ed. Paraninfo universidad. 2018.
  • DUBY, Georges. Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo. Ed. Taurus. 1992.
  • LE GOFF, Jacques; La civilización del occidente medieval; ed. Paidos, 1999.
  • MONTANELLI, I. y GERVASO, R. Historia de la Edad Media. Barcelona: Mondadori, 2000.
  • PORTELA, Ermelindo; El cambio feudal. El hombre y la tierra. Señores y campesinos. Artículo en Historia de la Edad Media, ed. coordinada por S. Claramunt; Ariel Historia, 2006.

domingo, 26 de enero de 2020

La ciudad, vencida por el campo

La ciudad, ¿qué decir de ella? La mayoría vivimos en ellas, nos acogen y nos aportan una seguridad y unos medios que no podemos encontrar en zonas rurales, dígase el campo, un lugar del que parece que nos hemos ido olvidando. Pero ojo, no nos olvidemos, que "Teruel existe" y no es como el meme de Vanpiro esiten; que no, que son de verdad. No debemos olvidarnos de ellos.


Ahora bien, ¿a qué viene la entrada de blog de hoy? Me encanta que me hagáis este tipo de preguntas, clionautas. Pues bien, no siempre fue así. No siempre el ser humano vivió en las ciudades. Esta entrada de blog la debemos ubicar en los primeros siglos de la Alta Edad Media, donde se llevó a cabo un proceso de abandono de las ciudades que no se recuperarían hasta prácticamente el siglo XII. Adentrémonos, pues, en el declive del mundo tardo-romano en la Europa occidental.


El declive urbano

La sensación del declive del mundo todavía era más penetrante ante la visión del destino de las ciudades. Las más célebres habían quedado reducidas a aldeas y murallas, mientras que sus piedras se usaban para construir casas, iglesias y monasterios. Roma era un conjunto de hogares dentro del gran recinto amurallado de Marco Aurelio: 18 km que albergaban 20.000 habitantes, quizás menos. En Arles, los hombres se habían atrincherado en el anfiteatro, que podía defenderse mejor que el círculo de murallas. San Ambrosio, hacia finales del siglo IV d.C., mientras se dirigía a Milán, quedó impresionado por todos aquellos centros urbanos tan numerosos pero tan insustancialmente desolados, hasta el punto que los denominó “cadáveres de ciudades”. Las termas de Arles se tomaron por el palacio del emperador Constantino, mientras que de las de Cimiez (Niza) decían que habían sido un templo de Apolo. Llevaban un descontrol con la cultura predecesora que no era ni normal.

Anfiteatro de Arlés siendo utilizado como fortaleza en el siglo VIII d.C.

Los asentamientos humanos se habían deteriorado y el aspecto de las ciudades y los pueblos habían cambiado. Las grandes casas de piedra construidas en distintos niveles, y que conferían cierta personalidad a las ciudades, desaparecen poco a poco. De este modo, la madera como material de construcción va ganando terreno a la piedra, tanto en los edificios privados como en los públicos. Seguramente las costumbres de los pueblos germánicos contribuirían a su difusión. Pero la cultura de los francos, godos o lombardos no había sido suficiente para el éxito de la madera si no hubieran intervenido otros fenómenos, especialmente el cambio profundo que fue experimentando el estilo de vida; se acentuó la tendencia a la vida sedentaria, a vivir en casa y, a ser posible, a pasar tiempo en la ciudad. También es verdad que la guerra, con los incendios y la destrucción que desataban, obligaban a reconstruir a menudo los edificios, y -claro- era más fácil reconstruir en madera que usar piedra.

El éxodo de muchos patricios romanos de la ciudad al campo los había hecho acostumbrarse a vivir al aire libre, a sentir cada vez menos la necesidad de una residencia grande y cómoda, dotada de canalizaciones de agua y baños y servicios de todo tipo; comodidades que la piedra garantizaba mejor que la madera. El estilo de vida estaba cambiando, impulsando a los hombres a salir de los centros urbanos, de este modo las ciudades se desvanecían como a nucleos administrativos y lugares de mercado, de intercambios y encuentros. Estas tendían progresivamente a la autonomía política y económica, al aislamiento, y de esta manera erosionaban la ya débil autoridad central.

Un destino similar registró la evolución del comercio, en particular el de largas distancias. Es verdad que los negotiatiores lombardos y venecianos continuaban mercadeando con Bizancio, llevando especias y tejidos de seda de Oriente, y también que las ciudades de Provenza y Septimania (desde Marsella a Narbona) exhibían productos provenientes del Oriente musulmán. Sin lugar a duda, en todas las casas, imperaba la preocupación de asegurarse el consumo a partir de recursos propios. Pero esta voluntad no impedía la circulación de riquezas y servicios. Se trata, cabe remarcar, de intercambios y no de comercio. De esta manera, pues, el comercio mediterráneo estaba claramente en retroceso.

"¿Hasta que punto la moneda regulaba estos intercambios cotidianos?", os estaréis preguntando. Los reinos germánicos continuaron acuñando moneda, pero se trataba más bien de un vestigio de las estructuras romanas, un préstamo cultural. La moneda era un monopolio del estado, porque se entiende que la emisión de moneda es signo de autoridad y soberanía. Los monarcas germánicos respetaron al principio el monopolio imperial: emitieron solo monedas de plata y cobre, pero no de oro, que las continuaba acuñando el emperador de Constantinopla (siempre que se hable de emperador en este período, la única figura con esa autoridad va a ser el emperador del Imperio Romano de Oriente; no hay otro con su autoridad). Pero, desde finales del siglo VI d.C., también ponen en circulación monedas de oro, aunque con finalidades políticas más que económicas.

Sólido bizantino de oro de Juliano el Apóstata (siglo IV d.C.)


Por otro lado, mientras los visigodos y lombardos se esforzaban por el monopolio del estado, los merovingios abandonaron pronto la vigilancia de su acuñación. La moneda se fue envileciendo, se degradó, y la de oro se hizo cada vez más rara. La moneda de oro era el triens o tremisis (un tercio de un solidus de oro), que pesaba 1,3 gramos, mientras que la de plata era el denarius, que pesaba lo mismo, aunque valía 1/40 parte de un solidus. La equivalencia entre el oro y la plata era de 1/12: una moneda de oro equivalía a 12 denarius de plata. En la desaparición gradual de la moneda de oro no influyó la falta de material, ya que seguían explotándose las minas de la Península Ibérica y Aquitania, sino la escasa funcionalidad económica, en tanto como ya no servían para las pequeñas operaciones.


Tremís de Liutprando (s.VIII d.C.)

Con todo, la ciudad resistía bajo el espíritu de la tradición, de la cultura antigua, mientras que el número de habitantes disminuía y con el también su campo de acción. Así, a lo largo del siglo VI, nacieron o fueron restauradas pocas ciudades, en formas y estructuras distintas. Los reyes bárbaros no sentían aprecio por las ciudades, pero construían palacios para cuando tuvieran que residir; los monjes levantaron iglesias y pocos comerciantes dieron vida a los suburbios donde tenían lugar lánguidos mercados.

Un caso a parte es el de Marsella. Debido a su favorable posición geográfica, y también unas circunstancias políticas particulares, registraban ya a principios del siglo VI un incremento notable del tráfico comercial. Al mismo tiempo, el gran potencial de su puerto se había sido bien aprovechado, de manera que Marsella podía suplantar económicamente a Narbona, reafirmándose como el emporio comercial más importante de la costa provenzal. Las naves descargaban con frecuencia sobre los muelles del puerto: vinos italianos o orientales adquiridos en Palestina, aceite, comino, pimienta y muchas otras especias, además de dátiles, lino y algodón, vidrio y papiro empleado con abundancia por la corte merovingia. Se trataba normalmente de mercaderes hebreos y siriacos los que asumían, con las consecuentes ventajas económicas, el peso de la distribución por toda la Galia hasta el Norte de Europa, ya que no faltaban mercaderes indígenas y, entre ellos, elementos del clero, que trataban de redondear sus magros beneficios prestando dineros a usura o dedicándose directamente al comercio, como denuncian reiteradas prohibiciones conciliares.

El papel de Marsella fue considerable. Otra ciudad importante fue Borgoña, situada en la ruta que unía Provenza con Frisia; a la vez es probable poner en relación el desarrollo del puerto de Rouen y el de Nantes en el Atlántico, de Quentovic y Duurstede en el Mar del Norte, con el empuje de Marsella. Por contra, el hecho de haber privilegiado una vía comercial a través del Saona y el Mosa para conectar Marsella con el Mar del Norte, acabó por aislar Reims y provocar una crisis de las estructuras productivas de las ciudades que durarán al menos todo el siglo VIII. La gestión fiscal de este flujo económico benefició las arcas de los reyes merovingios, efectuada a través de los telenoraii, encargados de recoger el impuesto que gravaba los productos (telenoeum), y el cellarium fisci, que controlaba el depósito anexo al puerto donde se guardaban las mercancías.

De esta modo, cambiaron de rostro muchas ciudades de la Europa septentrional. El paisaje entero adquirió un severo y visible aspecto militar que no había tenido nunca. Junto a las ruinas surgían fortalezas. Había ciudades, hasta incluso de las más antiguas, que asumieron el nombre de fortaleza, con toda la gama de términos que se empleaban para identificarlas mejor: castrum, oppidum, castellum, arx, etc.

En Occidente, los reyes bárbaros no pudieron evitar que las ciudades supervivientes fueran el centro de poder y de coordinación territorial. No obstante, prefirieron vivir en en las zonas del campo, donde erigieron ciudades-fortaleza de grandes dimensiones, que se convirtieron en nuevas ciudades protegidas por zonas intransitables de montaña, dominadas por torres y rodeadas de montañas.

En el año 551 d.C., Toledo se convirtió en capital de la Hispania visigoda. Leovigildo, en la segunda mitad del siglo VI, mandó edificar la famosa catedral dedicada a la Virgen María y la Iglesia de los apóstoles Pedro y Pablo.

En los centros de Italia, Hispania, la Galia meridional y Renania la vida municipal continuó, en contadas ocasiones, hasta el siglo VIII, y permitió, aunque muy debilitado, el funcionamiento de los organismos urbanos.

¿Qué nos dicen las fuentes?

Para ilustrar la pervivencia de la ciudad, a pesar del claro retroceso que estaban sufriendo los espacios urbanos, tenemos un documento en latín vulgar de época de Liutprando, rey de los lombardos del año 725 d.C. donde se relata la venta de un esclavo en Milán:
"Regnante domino nostro viro excellentissimo Liutprando rege, anno tertiodecimo sub diae octabo idus idus iunii, indictione octaba, feliciter, scripsi ego, Faustinus, notarius regiae potestatis, hoc dogomentum vinditionis, rogatus ab Ermedruda, honesta femina, filia Laurentio, una cum consenso et volontate ipsius genitori suo, et vinditrice, quique fatetur se accepisse, secuti et in presenti accepit, ad Totone, viro clarissimo, auri solidus duodecim nobus, finito pretio pro puero nomine Satrelano, sive quo alio nomine nuncupatur, natzionem Gallia. Et professa est quod ei paterna successione advenessit, quem ab hoc diae promettit una cum suprascripto genitore suo ab unumquemquem hominem ipso puero emptori suo defensare. Et si pulsatus aut aevectus fuerit et nemine ab omnem hominem defendere potuerint, doblus solidus emptori suo restituant, rem vero meliorata. Actum Mediolani, sub diae, regno et indictione suprascripta octaba, feliciter.
   Signum manus Ermedrudae, honeste feminae, vinditrici, qui professa est quod bona volontate sua suprascripto puero franco cum volontate genitori suo vendedessit, et hanc vinditionem fieri rogavit.
     Signum manus Laurentio, viri honesti, genitori ipseieus, consentienti in hanc vinditione.
     Signum manus Theotperto, viri honesti, litigatio, filii quondam Iohannaci, parenti ipseius vinditrici, in cuius presentia se nullas violentias patire clamavit consentienties.
      Signum manus Ratchis, viri honesti, franco, testis.
Antonius, vir devotus, huic cartole vinditiones, rogaatus ad Ermendruda, honesta femina, et a genetore, eius consentiente, testis suscripsi.
Ego, Faustinus, qui supra scriptor huius vinditionis post traditam et dedi."1 
(1: Historiae patriae monumenta edita iussu regis Caroli Alberti. Tomus XIII. Codex diplomaticus Langobardiae") 

Encontramos al comienzo, además de la referencia al "excelentísimo rey Liutprando" (712-744 d.C.), una mención a un tal Faustinus, que resulta ser un notario con potestad real, lo que demuestra pervivencia de la ciudad delante del retroceso de la misma. Pero, además, resulta curiosa esta venta de un esclavo por el hecho de que encontramos a una mujer, Ermedruda, en un documento privado y con capacidad fiscal, aunque siempre bajo la limitación de su progenitor; es la que vende el esclavo con el consenso de su padre Laurentio. Se trataba de un niño de nombre Satrelano, que le fue entregado a Ermedruda por herencia paterna ("paterna successione"), el cual se compromete a defenderlo y en caso de que le sucediera algún mal debería pagarle el doble de solidus para rescindir la deuda. Este documento data en concreto del 6 de julio de 725 d.C., coincidiendo también con el año en el que Liutprando mandó construir una adecuada sepultura al filósofo Boecio en la Basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, donde también se encuentran los restos de San Agustín.

Basílica de San Pietro in Ciel d'Oro (Pavía, Italia)

Tumba de San Agustín

Tumba de Severino Boecio


Reflexión final

Me gustaría llamar un poco a la reflexión colectiva. ¿Fue vencida la ciudad por el mundo rural o es este un clickbait? ¿Créeis verdaderamente que simplemente supuso el declive de la vida urbana y se encontró un nuevo equilibrio en la relación campo-ciudad o ciudad-campo? Para qué daros yo unas respuestas, si lo que busco es romper moldes. Contadme pues, ¿cuáles son las conclusiones que habéis sacado con la lectura de esta entrada de blog?

Un saludo, Clionautas.
Fdd. Remus Okami