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sábado, 1 de febrero de 2020

Tartessos: a la caza de un mito

Cuando George Bonsor (Jorge Bonsor para sus muy buenos amigos de Carmona) publicó en la década de 1920 sus tres obras arqueológicas principales sobre Tartessos1 no se podía quizás imaginar lo significativo que sería este hallazgo para la comunidad arqueológica española. Creo que quien ha oído hablar de Tartessos ha quedado maravillado con toda la mística que lo envuelve, lo cual es magnífico para fomentar la investigación arqueológica a nivel nacional, pero, ¿Qué sabemos verdaderamente sobre esta enigmática cultura del suroeste peninsular?
Foto y firma de George Bonsor

Examinando fuentes clásicas

Aunque existen varias referencias que, o bien se han querido asimilar con Tartessos, o bien hacen referencia a una toponimia asimilable con la zona de la que vamos a hablar, nos centraremos en las menciones más claras que podamos encontrar.

Mapa de Tartessos con leyenda

En primer lugar, la Biblia (libro sagrado para unos, odiado por otros, pero siempre una fuente viva susceptible de interpretación histórica para desentrañar el trasfondo y el mensaje que subyace en ella) hace mención a un lugar llamado "Tarshish", que también se conoce simplemente como Tarsis. En el Antiguo Testamento, en concreto, en el Libro de los Reyes (I,10-22) se dice lo siguiente: "En efecto, el Rey Salomón tenía naves de Tarsis en el mar junto con las naves de Hiram. Las naves de Tarsis venían una vez cada tres años y traían oro, plata, marfil, monos y pavos reales". No obstante, las investigaciones más recientes apuntan que probablemente ese Tarsis sea el puerto de Aqaba, en la península del Sinaí.

Pero, no nos desanimemos, que la Biblia aun tiene más menciones al respecto que parecen apuntar hacia buen puerto. De este modo, en un texto del Profeta Ezequiel (27, 12) (siglo VI a. C.) se comenta que Tiro comerciaba con Tarsis y en este caso es posible que sí se refiera a Tartessos, puesto que Fenicia ya había contactado con ellos. Además, en un texto un par de siglos anterior, del conocido como Libro de Jonás (I, 3) del s. VIII a.C., dice: 
"Pero Jonás se levantó para ir a Tarsis, lejos de la presencia de Yahvéh. Bajó a Yoppe y encontró una nave que iba a zarpar hacia Tarsis. Pagó el pasaje y se embarcó en ella para ir con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Yahvéh"2
 En segundo lugar, es indispensable destacar la mención que hace Herodoto -padre de la Historia para unos (Tucídides mola más)- al hablar de uno de los reyes de la cultura tartésica y las relaciones que tenía Tartessos con Grecia. En su obra Historias, en concreto, en el Libro IV (152), narra lo siguiente:
"...un navío samio, que tenía por patrono a Colaios y que se dirigía hacia Egipto, fue arrojado fuera de su ruta a la isla de Platea; las samios confiaron todo el asunto a Corobios y le hicieron un depósito de víveres para un año. Ellos mismos, que, al partir de la isla, habían marchado con un enorme deseo de llegar a Egipto, navegaron fuera de su ruta, arrastrados por el viento del Este; y, sin dejar de soplar el viento, alcanzaron las columnas de Heracles y, conducidos por un dios, llegaron a Tartessos. Este lugar de comercio estaba sin explotar en esta época, de forma que, a su vuelta, estos samios realizaron con su cargamento el mayor beneficio que haya conseguido hasta ahora ningún griego, del que nosotros tengamos referencias exactas, si exceptuamos a Sóstrato, hijo de Laodamente de Egina, que ningún otro puede compararse con éste. De sus ganancias los samios dedujeron el diezmo, seis talentos y ordenaron fabricar un jarrón de bronce en forma crátera argólica."
 ¿Qué podemos extraer de este fragmento tan concreto? Primero, deberíamos extrapolar las referencias mitológicas teniendo en cuenta que son referencias que el autor utiliza para seguir la tónica general de su contexto literario y así dar referencias a la mitología que todo el mundo más o menos, aunque con variaciones locales, podía entender. Los griegos parten desde Platea y, dado que navegaban por cabotaje y dejándose llevar por las corrientes oceánicas, se desviaron de su rumbo original (Egipto) y acabaron muy al oeste, tanto que hace referencia al actual estrecho de Gibraltar ("las columnas de Heracles"), lo que ya los sitúa en la península ibérica. Cómo no, saquearon todo lo que pudieron y volvieron con sendos beneficios. Puede que aquí naciese la creencia sobre la Península como una zona rica en recursos de todo tipo que llevase a su futura explotación.

¿Otra mención a la riqueza peninsular buscáis? Pues bien, pseudo-Anacreonte (esto es lo que se conoce como pseudonimia, es decir, atribución de una obra a un autor sin tener total certeza) comenta en uno de sus poemas que: "Antes prefiero un beso de mi amada que toda la leche de la cabra Amaltea o todas las riquezas de Argantonio". Argantonio es uno de los reyes que podemos llamar "históricos" de toda la dinastía de Tartessos. Según Julio Caro Baroja, el nombre Argantonio sería una referencia a la riqueza en plata (Argantonio = "hombre de plata", por argentum, nombre en latín para la plata) de Sierra Morena y la zona del río Tinto (Huelva).

Por último, encontramos una referencia clara a Tartessos en la obra de Pausanias, pero mostrando las dos opciones que se barajaba, en este caso se refiere a que fuera un río, que muchos investigadores, cruzando referencias con la obra Ora marítima de Rufo Festo Avieno han llegado a la conclusión de que probablemente se refiere al río Guadalquivir; o bien que fuera el nombre más antiguo de una ciudad ibera llamada Carpia. Veamos pues la cita de Pausanias (Paus. Desc. 6.XIX.3):
"Dicen que Tartessos es un río en la tierra de los iberos, llegando al mar por dos bocas y que entre esas dos bocas se encuentra una ciudad de ese mismo nombre. El río, que es el más largo de Iberia y tiene marea, llamado en días más recientes Baetis y hay algunos que piensan que Tartessos fue el nombre antiguo de Carpia, una ciudad de los iberos"

Historia de Tartessos

Tarteso o Tartessos se puede entender como un proceso histórico cultural que se extiende por los valles del Guadalquivir, los valles de los ríos Tinto y Odiel, y el curso bajo del río Guadiana como límite occidental. Esta área se extenderá hasta ocupar todo el sur peninsular, durante el período orientalizante (colonización fenicia), entre las desembocaduras de los ríos Guadiana y Segura.

Bronce tartésico conocido como "Bronce carriazo". Representa a la diosa fenicia Astarté.

El origen de la cultura tartésica (1200-510 a.C.) se gesta dentro de las sociedades indígenas del Bronce Final en el espacio de la península ibérica, alcanzando su culmen en la Edad del Hierro. En síntesis, existen dos hipótesis para explicar su origen: la primera, colonialista, según la cual Tarteso sería una provincia de la gran koiné mediterránea orientalizante; la segunda, evolucionista. Debemos comprender que Tartessos experimenta un proceso de evolución autóctona, pero con un período orientalizante. Por ello, la última opción sería la que podríamos considerar más razonable.

La tradición literaria clásica nos da a entender que el sistema de gobierno que ostentaba Tartessos era la monarquía y que tendrían hasta su propio código de leyes, aunque esto último puedan ser conjeturas. Estrabón, de quien ya he hablado en el blog, remonta la antiguedad de Tartessos a 6000 años, lo cual puede ser una exageración o hacer referencia a meses o años lunares (quien afirma esto, da a entender que serían 500 años solares).

Como ya podemos intuir las fuentes clásicas no son muy exactas a la hora de hablarnos sobre este reino, si es que lo fue, pero por tradición literaria sabemos de la existencia de 5 monarcas de Tartessos; los dividiremos en dos: los reyes mitológicos y los reyes "históricos". Los reyes mitológicos serían Gerión, Nórax, Gárgoris y Habis, mientras que los reyes "históricos" serían Argantonio (no es una errata, más hacia delante lo comentamos).

En primer lugar, tenemos al rey Gerión, que según la mitología sería una especie de gigante tricéfalo (o según la tradición, de 3 torsos de cintura para arriba), que pastoreaba su gran manada de bueyes por las orillas del Guadalquivir. Lo conocemos en base a uno de los doce trabajos de Heracles, puesto que a Gerión un tal Caco le robó su vacada y el héroe griego tuvo que recuperarla. Posiblemente, este monarca sea una referencia a la riqueza bovina de la península ibérica.
Representación de Heracles junto al rey Gerion. Cartela del Sarcófago de Perge (Turquia)


Al respecto del rey Nórax conocemos bien poco, en realidad, puesto que aparece en la Piedra de Nora, donde se narra la fundación mitológica de esa ciudad de Cerdeña. También conocemos que era nieto de Gerión, y, por tanto, hijo de la única hija del rey Gerión, Eritea.

Con este rey terminaría la primera dinastía mitológica de Tartessos y comenzaría el reinado de Gárgoris, inventor de la apicultura y promovedor del comercio. Junto con Habis, formarían este segundo bloque de monarcas mitológicos. 

Por su parte Habis, que era un hijo ilegítimo de Gárgoris fruto del incesto con su hija, tiene una historia más apasionante y que os puede recordar a otras. Su padre Gerión varias veces mandó bestias a matarlo, pero jamás lo logró, fue cuidado en el bosque y amamantado por una cierva (algo así como lo que le sucedió a Rómulo y Remo en Italia). Cuando creció y gobernó en el reino, descubrió la agricultura al atar dos bueyes a un arado y enseñó a la gente a vivir de esto. 

Además, como podemos encontrar en la Tragicomedia de Gárgoris y Habis, formuló las primeras leyes, dividió la sociedad en siete clases, el reino en siete ciudades y prohibió el trabajo a los nobles. Bajo su reinado se establece un sistema social en que unos pocos viven a costa del trabajo y la miseria de una mayoría pobre, iniciando la explotación del hombre por el hombre.

Siendo críticos con las fuentes, podemos afirmar la existencia de estos monarcas con base mitológica del mismo modo que afirmaríamos la de cualquier otro personaje de la mitología griega, ya que viene a cuento.

Por fin llegamos al último rey (o reyes, entendido como dinastía) de Tartessos: Argantonio. Según Herodoto, vivió 120 años de los que solo gobernaría 80. Dado que tenemos referencias históricas y no mitológicas de este monarca, el arqueólogo Adolf Schulten dató su reinado entre el 630 y el 550 a.C. Dada la larga duración de este reinado, se sospecha que pudieron ser dos reyes o ser este el nombre de la dinastía. Fue un monarca, por lo que conocemos, bastante filogriego, ya que agasajaba con regalos a los navegantes de Samos, que llevaban sus ofrendas al Heroon de Samos, y ofreció a los Foceos, con quienes tenía buena relación comercial, que se refugiasen a su reino cuando el imperio persa empezó a presionar Focea.
Recreación del rey Argantonio portando los tesoros de El Carambolo, pintado por Juan Miguel Sánchez (2018)

Después de esta dinastía, en torno al año 510 a.C. se deja de hacer cualquier mención a Tartessos, parece ser que desaparece. ¿O puede que no? Tras el período orientalizante, con los fenicios ya asentados en la península ibérica y el contacto con los iberos, estos entablan contacto con un pueblo ibero que estaría asentado justo donde antes se encontraba Tartessos; estos serían, ni más ni menos que los Turdetanos (de quienes ya hablé con Estrabón). Esta tribu formada por varios caciques recogería mucho de la herencia tartésica, pero no llegaría a tener ni el poder ni la gloria de Tartessos, si es que ese poder y gloria existieron alguna vez. Los turdetanos serán quienes se encuentren con los cartagineses y, más tarde, los romanos.

En el artículo de Julio Caro Baroja titulado La realeza y los reyes de la España Antigua podemos observar como se fija en especial en los reyes Gerión, Habis y Argantonio. La conclusión a la que llega es que probablemente sean la representación de las tres principales "riquezas" de la península ibérica y los griegos quisieran representarlas así: Gerión sería la riqueza en ganado bovino, Habis sería la apicultura (por su nombre: Habis pudo derivas a Apis que significa aveja) y Argantonio sería la riqueza minera de la plata de Sierra Morena.

Por su parte, Juan de Mata Carriazo hablaba de que Tartessos podría estar en El Carambolo, donde descubrió un busto que decía que era Argantonio, pero resultó ser un busto romano, además de toda una cerámica que se ha estudiado más recientemente. Otros como Adolf Schulten, pensaba que la capital estaría en el Coto de Doña Blanca, y actualmente es donde más foco se ha hecho en las investigaciones.

Romanticismo tartésico

Pongámonos serios. A Tartessos le envuelve una mística y un romanticismo nacionalista sin sentido provocado por el uso político y sesgado de la Historia. Hemos podido ver a distintos nacionalismos (no nombraré cuales) vincularse con esta cultura. A mi parecer, esto se debe a su carácter autóctono. Es un aspecto que los nacionalismos ven deseable: es un pasado que se puede usar para legitimar el presente en base a una autoctonía que "supuestamente se sigue manteniendo". ¿De donde surge esta imagen de Tarteso?

Empecemos hablando de las dos teorías que existen al respecto de la caída de este reino. Existen dos corrientes historiográficas: una primera, cuyos máximos exponentes son George Bonsor y Adolf Schulten, nos explicaría que el final de Tartessos se produjo por la invasión de los Turdetanos, que vivían anteriormente al norte de Despeñaperros (Jaen), destruirían la cultura pero asimilarían parte de ella. Esto crearía un mito tartésico-andalusí que junto con el romanticismo enlazaría todas las culturas desde Tartessos hasta la conquista de Granada por los Reyes Católicos, como una suerte de sucesión de imperios en la "Andalucía feliz", imagen que reforzó el viajero romántico Washington Irving con su obra "Leyendas de la Alhambra".

La segunda teoría sería la del arqueólogo Joan Maluquer de Motes. En su obra Tartessos, explica cómo en el siglo VI a.C. la decadencia de este reino se vería precipitada por cuestiones tecnológicas, es decir, se agotaron los filones superficiales de las minas de plata y ante la incapacidad de explotar los filones profundos caerían en decadencia. A esto se le añadiría el bloqueo comercial que supuso la fundación de Massalia (actual Marsella), lo cual acabaría por hacer desaparecer esta cultura.

Por último, existe una teoría que también ha afectado a la imagen de Tartessos. El poeta e historiador José Pellicer de Ossau (s. XVI) situó Tarteso como una posible ubicación de la Atlántida, basándose en los escritos del Timeo y Critias de Platón. Cualquiera pensaría que esta teoría sobre un emplazamiento mítico hubiera ido despareciendo con el tiempo, pero lo desconocido suele mover pasiones, y un posible hito aventurero y romántico como este no podía dejarse sin explotar. Actualmente, sigue habiendo una linea de divulgación reduccionista que sigue pensando en esta posibilidad ya que, ¿por qué no? Platón ubicó su Atlántida más allá de las columnas de Heracles y la zona puede cumplir con las expectativas.
Imagen aérea alterada que muestra círculos concéntricos en Sanlucar de Barrameda (Cádiz) para que se asemeje a la Atlántida de Platón

Ahora viene lo bueno. Luis García Iglesias, ya en 1974, desmintió esta supuesta atribución Tartessos-Atlántida3. Su teoría, que debemos recordar, buscaba desmontar esta asociación, buscó una nueva. Se puso a pensar y llegó a una conclusión: ¿y si la Atlántida de Platón fuera una metáfora sobre la Atenas de la Edad Oscura que resistió las invasiones/migraciones dóricas? Allá cada uno con las conclusiones que saque de esta pregunta.

Reflexión personal

Tesoro de El Carambolo. Museo Arqueológico de Sevilla.

La permeabilidad de la historia de Tartessos en el imaginario colectivo, capaz de construir una suerte de relato nacionalista usando de base la autoctonía de esta civilización, debería de quedar obsoleta. Si queremos hacer una buena historia debemos dejarnos llevar por los hechos y, aunque no he comentado los grandes rasgos a nivel de restos arqueológicos, los hallazgos arqueológicos que podemos encontrar en el espacio que hemos tratado y para la cronología expuesta no son concluyentes. Por eso, existe entre los historiadores de la Antigüedad, prehistoriadores y arqueólogos un debate al respecto, es decir, no llegan a tener claro si los hallazgos arqueológicos de cerámica y demás tesoros de El Carambolo o los depósitos de armas de Huelva pertenecen a Tartessos, o simplemente sería una cultura del Bronce Tardío cuya cultura material tendría grandes influencias orientales (sin atribuirle la grandeza mística de Tartessos).

Espero que os haya gustado.
Fdd. Remus Okami

Bibliografía:

- CARO BAROJA, Julio: La realeza y los reyes de la España antigua. Murcia. (1971)
- CRUZ ANDREOTTI, Gonzalo. Tartessos como problema historiográfico: el espacio mítico y geográfico en las fuentes arcaicas y clásicas griegas. Málaga. (1991)
- GARCÍA IGLESIAS, Luis: Deshispanizando un mito, la Atlántida de Platón y la autoctonía de los atenienses. (1974)
- MALUQUER DE MOTES, Juan . Tartessos: la ciudad sin historia. Ed. Destino. (1984)
- MALUQUER DE MOTES, Juan . La civilización de Tartesos. Granada. Talleres De Ediciones Anel. Editoriales Andaluzas Unidas, S. A. (1985)
- SAN NICOLÁS, Mª Pilar: Tarteso y el periodo colonial. En Prehistoria Reciente de la Península Ibérica. UNED (2013)

sábado, 18 de enero de 2020

Iberia a través de Estrabón


Estrabón nació en Amaseia, ciudad del Póntos -región de Asia Menor situada sobre el antiguo Póntos Eúxeinos o actual Mar Negro-, hacia el año 63 a.C. Pertenecía a una distinguida familia griega oriunda de la isla de Creta. En su juventud asistió a las lecciones que daba en Núsa el gramático Aristódemos no lejos de Éfeso. Así pues, Estrabón en sus escritos se alinea dentro de la corriente estoica, con Polýbios y Poseidónios.


Estrabón según un grabado del siglo XVI

La fecha de su presencia en Roma cae al parecer poco después de la Guerra Civil entre Octavio y sus enemigos políticos (Marco Antonio y Lépido), hacia el año 29 a.C. Se sospecha, sin embargo, que no fue ésta la vez primera que Estrabón estuvo en Roma y que pudo ya haberla visitado con anterioridad. Al poco tiempo, abandona la capital del Tíber, uniéndose al séquito de Aelius Gallus, al que Augusto había puesto al mando de la expedición contra los árabes. En esta ocasión, visita Egipto desde Alexándreia hasta Phílai, la isla sagrada situada junto a la "catarata menor", cerca de Syéne, en los límites entre el alto Egipto y Etiopía.

Tras una larga estancia en Alexándreia se volvió a Roma hacia el año 20 a.C. A partir de este momento, se desconocen casi en su totalidad los demás viajes hechos desde la Ciudad Eterna, y de los cuales el mismo Estrabón nos da algunos indicios tan valiosos como lacónicos. En efecto, por él sabemos que recorrió gran parte del mundo entonces conocido, habiéndolo cruzado desde Cerdeña hasta Armenia (de Oeste a Este) y desde el Mar Negro hasta los límites de Etiopía (de Norte a Sur).

Su vida se prolonga no sólo durante todo el reinado de Augusto, sino hasta dentro del de su sucesor Tiberio, llegando incluso hasta la muerte de Juba II de Mauritania, acaecida al parecer hacia el año 23 d.C., aunque este asunto no está aclarado. En general, se supone la fecha de su muerte hacia el 19 d.C., pero no se sabe con total certeza. Por lo tanto, este geografo griego pudo haber llegado a vivir hasta, por lo menos, los 50 años, no sin antes haber viajado más que la mayoría de personas que van a leer esta entrada de blog.

LIBRO III, GEOGRAFIA DE ESTRABÓN

Con respecto al tema que nos atañe, Estrabón realiza una extensa obra tanto historiográfica (Hypomnémata Historiká, dividida en 43 libros) como geográfica (Geographiká, dividida en 17 libros), de la cual nos vamos a centrar en su tercer libro dedicado a la geografía y que dedica a la descripción del paisaje, zonas y gentes que habitan Iberia. Hay que destacar que nunca llegó a viajar a Iberia, pero gracias a él tenemos la primera descripción documentada de estas tierras.

En el primer capítulo, Estrabón empieza hablando sobre a que se ha dedicado a dar unos primeros esbozos de la Tierra y que su intención para este caso es centrarse ahora en Iberia. La imagen que tiene de la Península Ibérica es la que podría tener un extranjero al venir por primera vez[1], en tanto que podría entenderse así para cualquier griego que conociera mediante testimonios la península, como fue su caso. Iberia, según dice, tiene forma de piel y de aquí proviene la tradición de que España se parece a una piel de toro que tanto se ha repetido.

Portada del libro La pell de brau (la piel de toro) de Salvador Espriu

A continuación, realiza una medición de unos 6000 estadios para trazar el recorrido que hay de la zona meridional a la septentrional, lo cual no sería del todo descabellado y se aproximaría bastante a la realidad, siendo bastante aproximado para los métodos de los que disponían. Además, conocían perfectamente la extensión de la cordillera de los Pirineos, o Pyréne, al saber que limitaba con la Keltiké, pero se equivoca al decir que la Pyréne es una montaña que atraviesa de Este a Oeste el Norte de la Península Ibérica, aunque –todo sea dicho- para los métodos cartográficos de la época confundir a la Cordillera Cantábrica con una parte de los Pirineos no es un error garrafal y se le puede perdonar a Estrabón al no haber visitado nunca nuestras tierras.

El cuarto párrafo del primer capítulo lo dedica a describir las zonas más occidentales de la ecúmene (oikouméne, o “tierra habitada”) conocida en ese momento por los griegos. Así como describe al Hierón Akroterión como la zona más occidental de la “oikouméne” europea junto con la extremidad de Libýe.
Reconstrucción del mapa de la ecúmene (o mundo conocido) de Eratóstenes de Cirene (c.220 a.C.)

Así pues, dice que no hay ningún templo dedicado a Heracles en la zona meridional de Iberia recogiendo el testimonio de Artemídoros que a su vez recoge la tradición de Éphoros, la cual para Estrabón es falsa al existir ciertas costumbres y ritos que relacionan a la zona con un culto concreto.

En los epígrafes 6 y 7, Estrabón realiza una seriación de ríos y tribus que viven a la orilla o cercanías de estos entre los que destacan determinadas zonas como la Turdetania y la Bastetania y tribus por los alrededores como los oretanos, los lusitanos y los contestanos.

Los dos epígrafes siguientes son dedicados a dos casos concretos como Menlaría y Menestheús. En primer lugar, Menlaría destaca por su industria de la salazón y una ciudad cuyo puerto embarca hacia Tíngis; dicha ciudad acabó llamándose Iulia Transducta tras la llegada de los romanos al territorio. En segundo lugar, el puerto de Menestheús es donde se encuentra el oráculo de Menestheús y existe una especie de faro conocido como “Kaipíonos Pýrgos”.

En el capítulo segundo, se exponen varios temas. Este capítulo comprende la descripción de las tierras interiores de Andalucía, el curso del Guadalquivir y del Guadiana y las riquezas de esta región, tanto en cultivos y pesca como en minerales; esta última materia le lleva a hablar también de la misma en el resto de España (estaño del Noroeste, y plata de Cartagena, principalmente).

En lo que concierne al tercer capítulo, Estrabón lo dedica a la costa occidental de Ibería, a partir del Hierón Akrotérion, hablando del Tágos (Tajo), del Doúrios (Duero) y demás ríos de la costa atlántica hasta el Mínion (Miño), y describiendo con cierto detenimiento la Lusitania y los lusitanos, así como las tierras de más al interior, sin olvidar los pueblos del Noroeste (ártabros y callaícos), y aun los del resto de la zona Norte o del actual Golfo de Vizcaya hasta los pies de los Pirineos ísthmicos.


Mapa histórico-político de los pueblos prerromanos en la Península Ibérica donde podemos observar las principales tribus y los grupos lingüisticos.

Al comienzo del capítulo 4, Estrabón continua con sus referencias geográficas en griego. Esta vez se va a centrar en trazar una diagonal desde el Sud, tomando como punto de inicio las llamadas Columnas de Heracles (las Stélai) hasta llegar a los Pirineos. Esta costa mide para el geógrafo unos 6.000 stadios=1.110 kilómetros, los cuales se distribuyen así: de Gibraltar (Kálpe) a Cartagena (Karchedón), 407 kilómetros; de Cartagena al Ebro (Íber), otros 407, poco más o menos, y del Ebro a los Trofeos Pompeyanos (Pirineos), 296 kilómetros, lo que suma justamente 1.110 kilómetros.

Además, nombra al pueblo de los edetanoi, que son los que habitaron la zona de las actuales provincias de Alicante, Valencia y Castellón, más o menos. Este pueblo ibero recibía su nombre de la ciudad de Edeta, llamada también Leíria, o Líria (Ptolemaíos), que se correspondería con la actual Liria, cerca de Valencia, cuyas ruinas más antiguas se encuentran en el cerro de San Miguel, en el cual podremos contemplar el conjunto más interesante de la cerámica ibérica.

Desde Kalpe, nos describe la zona como la Bastetania y el país de los oretanos, así como mediante indicaciones nos describe maravillosamente como era Sierra Nevada: "una cordillera cubierta de densos bosques y corpulentos árboles (...) En ella, hay muchos lugares con oro y metales" (III, 4, 2). Destaca en ese recorrido la ciudad costera de Málaka, conocida por ser un emporio comercial especializado en el comercio de salazón, pero dando a entender que pudiera ser la vieja colonia focea de Mainaké, que otros autores anteriores conocían y que él descarta al contrastar esta información: "Málaka está más cerca y presenta planta fenicia" (III, 4, 2).

El párrafo 3 resulta interesante a nivel historiográfico, porque nos remonta a las referencias de otros autores como Poseidónios, Artemídoros y Asklepiádes el Myrleanós (de este último filósofo ni conoceriamos su nombre si no fuera por Estrabón) la fundación de Abdera (actual Adra, en Almería), a pesar de que entremezcla el relato histórico con el mitológico al hablar de Heracles y sus andanzas por estas tierras. 

Más adelante, tenemos una de las primeras referencias históricas al Océano Atlántico, puesto que Estrabón nos nombra el Atlantikon Pélagos. El nombre de Atlántico está relacionado con la leyenda de Hércules, que en su expedición al Jardín de las Hespérides tuvo que vencer antes al gigante Atlas, que habitaba en la región norte de África, donde, según la leyuenda, sostenía sobre sus hombros el Mundo, imagen de la cordillera que por esta misma razón lleva el nombre de Atlas.

Los siguientes párrafos (III, 4, 5-10) hace varias referencias geográficas a algunos enclaves del Noreste peninsular, que son imprescindibles para entender la Guerra Civil que enfrentó a Julio César y Pompeyo entre el 49 y el 45 a.C. Tal es el caso de Kaisaraugosta (Zaragoza), Kelsa (Celsa, de ubicación dudosa), los iakketanoi (de la región de Iakka, actual Jaca), Ilerda (Lérida), Oska (Huesca), Kalagouris (Calahorra) o Pompélon (Pamplona, en honor a Pompeyo, fundada en el 75 a.C.).

Pero lo más interesante llega al final de este capítulo, pues nos describe la economía, sociedad y cultura, en general, de las distintas tribus iberas que habitan los territorios ya nombrados; tenemos a los kerretanoi (que habitarían Cerdeña, pero tendrían estirpe ibérica), los kantabroi (los cántabros), los Bardyétai (los bárdulos que habitaban las provincias de Guipuzcoa y Álava), los Arouákoi (o arévacos, del norte de Soria) o los Lousones (lusones, que que ocupaban la parte norte de la provincia de Guadalajara y sur de la de Soria). A todo esto, Estrabón intercala referencias al asedio de Numancia, historietas de campamento y anécdotas de las Guerras Cántabras, que dotan al relato de originalidad, y hacen que el lector disfrute esta descripción geográfica como si fuera una novela. El último párrafo ya lo dedicará solo a las divisiones administrativas de Hispania.

Finalmente, el capítulo 5 está dedicado íntegro a las islas, comenzando por las del Mediterráneo (las Baleares) y terminando con las del Atlántico (Cádiz, isla entonces, a la que dedica gran parte del capítulo, y las Kassiterides, que incluye en el área peninsular y a las que dedica el último párrafo). 

Las Islas Kassiterídes, o Kattiterídes, son las "islas del estaño" (griego kassíteros=estaño), de localización en extremo problemática ya en la misma Antigüedad. Se identifican por algunos con las islas Oestrymnides, ubicables en la Bretaña francesa. Según otros, se trata de Galicia y de sus islas, donde no sólo se obtenía estaño en abundancia (véase lo que dice el mismo Strábon de su explotación en III, 2, 9), sino que pudo muy bien cargarse en las islas de sus rías (islas Cies, Ons, Salbora, Arosa).

Por otra parte, el haberlas citado Estrabón en el libro dedicado a la Península Ibérica, traduce su concepto, que, aunque vago, le obligaba a preferir el noroeste de España antes que las Galias o Britania, que es donde pudieran haber cabido, de no ser la región de Galicia.

CONCLUSIONES Y DIGRESIONES AL RESPECTO DE ESTRABÓN

De todas las zonas de Iberia, la que le mueve en modo mayor y le provoca una gran simpatía es la meridional, la Baitiké o Tourdetanía, como la llamaban los griegos, y dentro de ella, la ciudad de Gádeira, que así llamaban también a lo que nosotros Cádiz. Aquí Estrabón sigue, según parece, casi al pie de la letra las narraciones de Poseidónios y, en menor grado las de Artemídoros y Polýbios también, tomando de aquél, además de la noticia, el brillo en la descripción, ese mismo brillo al que alude Estrabón al hablar de los párrafos que Poseidónios dedica a las riquezas del suelo ibero, sobre todo a las mineras.

La narración que realiza Estrabón se hace, a lo largo de sus capítulos, en extremo interesante, viva, cordial y entusiasta. De este modo, da la sensación de ser una narración veraz incluso en el análisis del carácter de los distintos pueblos peninsulares, en los que destaca, aparte su espíritu inquieto y guerrero y su afición a la formación de bandas o guerrillas. Además, hace relativamente fácil ver otros aspectos como su fidelidad al compromiso de amistad o sumisión al jefe, su resistencia a la fatiga y su proclividad irresistible a la disgregación, a la atomización, al cantonalismo regional, defecto éste que tanto contribuyó, junto con la lucha en "partidas" o "guerrillas" dispersas, como el mismo Estrabón observa, a que los romanos, y los carthagineses antes, pudieran hacerse dueños de toda la Península, aunque a costa de muchos años y muchas fatigas, como también reconoce el geógrafo.


Meme en honor a todas las humanidades cuando les dicen que el latín y el griego no sirven para nada

Sin embargo, hay distribuidas a lo largo de los cinco capítulos otras tantas digresiones que no tocan en nada o en muy poco el tema de Hispania, y producen en el lector una cierta curiosidad al respecto aunque te sacan un poco del asunto que trata. Hemos de exceptuar de estos juicios, el largo discurso dedicado al fenómeno de las mareas, discurso que le ocupa los párrafos quinto, octavo y noveno (en parte) del capítulo tercero, y que, pese a su interés verdaderamente científico, es evidente que podía haber ido mejor en los dos primeros libros, donde se habla de los fenómenos generales, dejando, por tanto, espacio libre a otras cosas más íntimamente relacionadas con Hispania, las cuales hubiéramos apreciado también.

Las otras cuatro digresiones son igual de curiosas pero puede que un poco más tediosas para el lector general. He aquí los temas: el tamaño del Sol a la hora de su ocaso en el horizonte oceánico (III, I, 5); el carácter fidedigno de los escritos homéricos sobre el lejano Occidente (III, 2, 12 y 13); el sentido de la palabra Stélai (Columnas; que sirve para hacer referencia a las Columnas de Heracles) aplicado a los extremos del mundo conocido o los fines y comienzos de una tierra (III, 5, 5 y 6), y, finalmente, la curiosa pero estéril discusión sobre los pozos gaditanos (III, 5, 7).

En cuanto a la extensa explicación, dedicada a los supuestos viajes a Iberia de ciertos personajes míticos, en la que Estrabón emplea dos largos párrafos del capítulo cuarto (III, 4, 3 y 4), se agradece que nos brinde unos datos curiosos sobre estas extrañas leyendas, que aunque tienen muy poco fondo histórico, son sin duda interesantes; pero hubiésemos preferido, con mucho, que el geógrafo, en lugar de ofrecernos estos bellos cuentos de eruditos y poetas imaginativos, nos hubiese obsequiado con noticias más extensas, e históricas, sobre la colonización griega en Iberia, a la que, salvo el fragmento dedicado a la fundación de Empórion, y alguno más referente a Rhóde o Hemeroskopeíon, no alude para nada, pasando por alto, sin duda, muchas cosas que él debía de saber, pero a las que no prestó atención o no dio importancia.

A modo de conclusión, me gustaría destacar la importancia que tuvo para nuestro autor la gran variedad de fuentes de las que pudo beber su obra, la cual supone una fuente primordial para nosotros los historiadores, tildada en alguna que otra ocasión como la “Biblia” sobre la antigüedad de la Península Ibérica y, sobre la cual, apenas se conocerían pocos datos anteriores a los romanos y cartaginenses si no fuera por el magnífico y muy oportuno afán de los antiguos griegos por documentar todo lo que veían y conocían.



[1] ésta, en su mayor extensión, es poco habitable, pues casi toda se halla cubierta de montes, bosques y llanuras de suelo pobre y desigualmente regado.” (Estrabón III, 1, 2)